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Mesa de redacción
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La leyenda
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Juan Carlos Ibarra
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YA tenemos un nuevo aspirante a Rey Arturo, que se proclama capaz de sacar la espada incrustada en la roca desde tiempos inmemoriales, que reinará sobre todo el país con sabiduría y generosidad, que solucionará esto con mano diestra, que hará taula rasa sin recurrir a la engorrosa tabla redonda. Aquí paz y después gloria. Es la leyenda que se vuelve a escenificar con cada nuevo aspirante. Es el destino del país, que tiene la espada clavada en el pecho y que ve cómo, de ciento en viento, llega un escudero con ínfulas de rey y dice: "¿Cómo habéis podido ser tan fatuos? Esta espada se saca así y así. ¡Zas!" Y, ¡zas!, a esperar al siguiente aspirante. Ha pasado con los sucesivos gobiernos españoles, donde cada presidente ha creído tener la fórmula para acabar con el problema. Ha pasado con la vanguardia armada y con sus incontables jefes de Estado Mayor. Ha pasado con la vanguardia hablada. Y con la retaguardia ilustrada. "¿Cómo habéis podido ser tan fatuos?" Ahora, otro Arturo pide paso a la muchedumbre congregada en torno a la espada. No es nuevo en la corte. Es más, ya ha colaborado en intentos fallidos, pero se escuda en que entonces había quien le estorbaba. Quiere intentarlo solo y a su manera, sin fatuos que le incomoden con absurdas tablas redondas que le restarían protagonismo. Mientras llega el momento de materializar ese asalto en busca de la gloria personal, la espada sigue incrustada y la herida, abierta. Si fracasa en su intento, tiene por detrás una legión de voluntarios dispuestos a ocupar su lugar, lo mismo que él supo esperar pacientemente en la cola de su partido. Seguro que cada uno le pondrá un nombre a este Arturo. Es lo de menos. Lo importante es que la leyenda siga viva, porque hay mucha gente que vive de ella.
jcibarra@deia.com |
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