La trayectoria profesional de esta veterana magistrada madrileña es tan intensa como comprometida. Éstos son algunos de los aspectos que le han hecho merecedora de este galardón que otorga el Departamento de Justicia del Gobierno vasco. Su apuesta: humanizar el derecho bilbao.Su sensibilidad social es uno de los aspectos que se han valorado para darle este premio.
Creo que uno de los grandes fracasos de la justicia es que hay veces que parece que las leyes en lugar de estar hechas para los seres humanos, es al contrario. Las leyes, en vez de tener como vocación la solución de los conflictos de los seres humanos, al final parece que se convierten en un corsé y que imposibilitan su utilización y una resolución positiva del conflicto. Ese es uno de los elementos que más se echa de menos y que creo que es imprescindible en la humanización del derecho. Hay que rediseñar el derecho al servicio de la sociedad y del ser humano.
Siempre ha sido una persona crítica incluso con el propio sistema legal.
Sí, pero porque siempre me ha preocupado que el derecho sirva para lo que realmente debe valer. Hay muchas veces que hay que huir de la utilización formal del derecho para ir a la utilización de fondo. Lo que realmente importa es que cumpla su función, que resuelva el conflicto, que ayude a la convivencia de los ciudadanos y que sea por tanto un instrumento extraordinariamente útil en la cohesión social.
Tiene un currículo muy intenso.
Eso es algo que se debe a la biografía en el sentido biológico. Tengo 64 años y empecé muy pronto. Siempre me ha interesado lo social, el conflicto, el ser humano... Me sorprende que haya jueces y magistrados a los que no les interese mucho el ser humano. Cuando estoy en mi sala de audiencias, en un juicio, me interesa muchísimo saber sobre la persona que tengo delante, por qué ha hecho lo que ha hecho, por qué me dice lo que me dice, ver qué puedo hacer para que la sentencia pueda tener una incidencia positiva en esa biografía que tengo delante, y en la biografía de las personas a las que ha perjudicado. Me preocupa mucho intentar amoldar unas estructuras extraordinariamente burocráticas y rígidas hacia la necesaria flexibilidad que exige esa especie de biología constante de la vida personal y social.
Desde su labor en el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria de Madrid, hace años, declaró que había que vaciar las cárceles.
Lo importante es saber qué queremos hacer con las personas que están presas. Eso es lo que determina quién tiene que estar dentro y quién tiene que estar fuera. El objetivo esencial de la cárcel es que se cumpla una condena, pero el objetivo de esa condena es conseguir que esa persona deje de ser peligrosa para la sociedad. Si hacemos un análisis de la mayor parte de personas que tenemos en los centros penitenciarios, la mayoría no debería estar allí porque los delitos que han cometido no tienen una trascendencia que obligue a unas condenas tan largas. Además, el proceso de cambio o de reforma que podemos exigir a esas personas se podría hacer mejor en el exterior que en el interior y con un coste muchísimo más pequeño.
Usted era titular del bufete en el que tuvo lugar la llamada Matanza de Atocha. ¿Eso marca?
Marca muchísimo. Marca con una sensación grandísima de deuda hacia aquellos compañeros que eran amigos y que perdieron la vida y se quedaron sin la maravilla de hacerse viejos y de ver el proceso de la democracia en España.