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16-05-2008
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La policía china llama a mi puerta
Zigor Aldama
Nunca es agradable abrir la puerta de casa y encontrarse con una pareja de uniformes de policía tocados con gorra de plato. Si, además, la estrella comunista de China decora el atuendo, todavía hace menos gracia. Lo peor, ya, es que sea tu nombre el que buscan. A pesar de no ser ningún delincuente, los efectos de la visita se hacen patentes de manera instantánea en forma de sudores fríos y tembleque. No importa que los agentes sólo quieran invitarte a que te registres en la comisaría, algo que requiere la ley y que muchos, como yo, olvidemos hacer cada vez que entramos en el país. Y es que no está el horno para bollos en el país de Mao, y eso que la antorcha ya recorre territorio amigo, y que los dirigentes chinos han aplacado los ánimos de la comunidad internacional accediendo a entrevistarse con los representantes del Dalai Lama. Da igual, son momentos difíciles para quienes vivimos en el Gran Dragón. La incertidumbre acecha.

Por lo visto, al contrario de lo que se esperaba con la celebración de los Juegos Olímpicos, China ha decidido cerrar sus puertas a los extranjeros. Por lo menos, hacerles más difícil la entrada. La concesión de visados, que hasta ahora no suponía un gran quebradero de cabeza, se ha convertido en un lento y farragoso proceso que exige salir del país y esperar cuatro o cinco días para conseguir el sello en el pasaporte. Antes, la renovación se podía tramitar en territorio chino, y fuera de él sólo era necesario dedicarle un día.

El porqué de este cambio que ya ha provocado una oleada de protestas entre las empresas implantadas en China, que son las más afectadas, no está claro. Parece tratarse de una muestra de fuerza por parte del Gobierno, aunque la misma está dañando aún más su imagen. Puede ser también un intento por conseguir que todos los visados sean tramitados de forma acorde a la legalidad, algo que hasta ahora no siempre se cumplía, y limpiar así parte de la población extranjera flotante que se encuentra en un limbo legal. O podría ser la respuesta al revuelo creado con la crisis del Tíbet, que ya ha vuelto a abrir sus puertas, aunque con muchas más restricciones, en un intento de controlar a todos los extranjeros para minimizar la posibilidad de protestas protibetanas durante las Olimpiadas.

Sea como fuere, la actual situación demuestra que China no responde a estímulos externos como lo haría el resto del mundo, y que, nos guste o no, tendremos que ir acostumbrándonos a sus contradicciones. Cuando se suponía que el Partido Comunista daría pasos hacia la democratización del país, algo que a la mentalidad occidental le parece que tiene que ir de la mano del crecimiento económico, de la globalización en la que participa China con un papel protagonista, y, sobre todo, de la celebración de unos Juegos Olímpicos, van sus dirigentes y deciden aprovechar el ultranacionalismo provocado con los incidentes del Tíbet para hacer todo lo contrario y cerrar filas en torno a su peculiar sistema, el comunismo con características chinas, un híbrido inédito que cumple en 2008 treinta años. Tres décadas en las que China ha pasado de ser un país de hambrientos en bancarrota a la cuarta potencia económica mundial y a la única alternativa de futuro a la hegemonía de Estados Unidos. Afortunadamente, en estos treinta años, las fuerzas del orden chinas también han aprendido modales. Recuerdo que hace casi una década, durante mi primer contacto con el gigante asiático, traté de extender mi visado en la central de policía de Pekín, la capital. Me atendió, por decir algo, el oficial encargado del trato con extranjeros, que tenía sus pies sobre la mesa, los botones de la camisa y el del pantalón desabrochados, y no hablaba una palabra de inglés. Me lanzó sobre la mesa un montón de documentos en perfecto chino y me pidió a gritos que los rellenara. Lógicamente, preferí abandonar apresuradamente el país antes que bregar con aquel tipo.

Tres años después tuve que acudir al mismo lugar por culpa de la pérdida del pasaporte de mi compañera. Tuve pesadillas la noche anterior, y ya me encargué de prepararla para lo peor. Curiosamente, nos atendió una agente muy correcta, en un despacho reformado. La pila de documentos ahí estaba. Eso sí, traducidos al inglés. Seguimos los pasos dictados con amabilidad, y conseguimos nuestro objetivo. Esta última vez, cuando la Policía ha tocado a mi puerta, el trato ha sido inmejorable. Los impresos los han rellenado los propios agentes que, además, me han pedido que pague una multa en el banco, y no bajo la mesa, como antes. No hay duda de que China está cambiando a mejor en muchos aspectos, y el trato que dispensan las autoridades es uno de ellos. Otra cosa muy diferente es que ahora denieguen el visado o expulsen del país con una sonrisa. Casi es preferible la patada en el culo, al antiguo estilo. Pero muestra la inteligencia china: cómo han adaptado a su manera algunas conductas de los países desarrollados, sin dejar a un lado su idiosincrasia.

Para terminar, un consejo: si piensa viajar a China, ya sea para disfrutar de los Juegos Olímpicos como para hacer negocios o turismo, no deje las gestiones del visado para última hora. Se puede llevar un disgusto.

* Periodista, especialista en Extremo Oriente
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