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17-05-2008
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Los cobardes matones
EuskoTren parada final Larrabetzu
La memoria levanta el vuelo en Mues
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Los cobardes matones


Probablemente no leerán esta carta los valientes a los que va dirigida. No creo que la lectura sea una de sus aficiones predilectas. Me estoy refiriendo a esa repugnante raza que componen los maltratadores, los fuertes ante el débil, comedidos ante el igual y cobardes y serviles ante el fuerte.
¡Qué gran hazaña! Pegar a una mujer o a un niño, maltratarles con un sadismo que sólo se sacia con la muerte, con el asesinato. Qué orgullosos os tenéis que sentir después de tal gesta. ¿Qué les contáis luego a vuestros compañeros de celda? Porque estoy seguro de que, si contáis la verdad, les causaréis tal repugnancia que, incluso, podría hacer peligrar vuestra vida. ¿Qué les decís, que ha sido en defensa propia? ¿También cuando la víctima es un niño de cuatro años o de unos meses?
¿Pensáis, acaso, que matando a una mujer, a la vuestra o cualquier otra, se cura el dolor de un desaire o de un desprecio que, sin duda, lo tendréis muy merecido? El remedio de todo dolor es la muerte. Eso es verdad. Con ella se acaba todo. Pero no la muerte de esa pobre mujer, sino la de uno mismo. Y no sirve para nada haberla matado y después intentarlo con la de uno mismo, que muchas veces se queda en el intento.
Qué pena que no surja una Judit o muchas Judit para salvar de asediadores de esa Betulia que es el hogar, cortando la cabeza del Holófernes de turno. O que a la Justicia le diera por blandir la espada para cortaros la cabeza (simbólicamente) en la plaza pública.
Estoy seguro de que no seríais tan bravos ante una valiente Judit o una justicia implacable. Porque sois tan cobardes que luego os amparáis en una locura transitoria o una simple borrachera, como si eso os justificara lo imposible de justificar.

Pedro Mari Altuna Gernika


EuskoTren parada final Larrabetzu


El motivo de esta carta es que, como muy probablemente sepan los lectores de este periódico, el tren de EuskoTren, línea Txorierri, va de Bilbao a Lezama, y como yo vivo en una casa situada en el límite de Larrabetzu con Lezama, cuando quedo con mis amigos en Bilbao, tengo que ir en autobús, tardando más y llegando siempre tarde. Para coger el tren tengo 30 minutos andando hasta la estación de Lezama y el mismo recorrido, pero de noche, en invierno, para volver.
Me gustaría que dicha línea de tren llegara hasta el pueblo de Larrabetzu o en todo caso, que pongan autobuses lanzaderas que conecte con dicho tren, ya que en otros pueblos de Bizkaia ya existe, y en Larrabetzu no.
Así, estaríamos todos lo vecinos mucho más contentos, satisfechos y seguros, sobre todo los jóvenes, si esta propuesta se llevase a cabo lo antes posible.

Imanol Mezo Sarasola Lezama


La memoria levanta el vuelo en Mues


EL día 18 de julio de 1936, el día del golpe de estado franquista, el pueblo de Mues fue testigo de un horror que luego se repetiría en tantos otros pueblos de Navarra. Tocaron las puertas de las casas y aprovechándose de la sorpresa y la nobleza se llevaron a tres hombres: Lucas Ortega, Ramón Pinillos y su hermano Corpus. Ramón era mi abuelo. Tenía 36 años, esposa, tres hijos y tres hijas, de seis meses la pequeña y once años el mayor.
Mes y medio después, el 7 de setiembre tras noches y días de sufrimiento y cárcel, fueron vilmente asesinados junto a seis mozos de Andosilla en un lugar, poco antes de una revuelta, pasado el pueblo de Oteiza. Les sacaron atados de la cárcel de Estella y les dijeron que les llevaban al fuerte San Cristóbal, pero sus vidas, como las de otras 3.400 personas, acabaron rotas y esparcidas en los campos navarros.
Mi abuelo Ramón y sus compañeros no estuvieron en ningún frente de combate, no participaron en ninguna guerra civil. Fueron ejecutados, fusilados y enterrados en una cuneta. Ese día, y otros posteriores, cayeron sobre Mues y otros muchos pueblos, mantos negros de olvido y silencio. Quienes denunciaron, quienes aplaudieron, quienes pudiendo evitarlo no lo hicieron, pisaron durante años la misma tierra roja que mi abuela, Julia Monreal, arañaba con sus manos, en el acto más valiente de supervivencia humana. Respiró entre lágrimas de pena y soledad el mismo aire claro y durmió durante noches y noches bajo el mismo cielo estrellado.
Durante toda la dictadura de Franco, su familia hemos ido tejiendo trozos de recuerdos de unos y de otras, a veces gritándole duro al silencio, buscando rescatar de las profundidades algunos de los tesoros que nos acercaran un poco más a él. No tuvimos siquiera el denunciado carnet de la UGT.
Un manto de olvido cayó sobre sus jóvenes vidas. Nadie hablaba de ellos ni preguntaban cómo se vivía sin ellos. Con la democracia, tampoco llegó la solidaridad ni el reconocimiento, no hubo gestos de complicidad. Tiempos pasados, tiempos muertos.
Pero el libro vivo de la historia no se escribe con páginas blancas, y el pasado sábado 10 de mayo de 2008 en Sartaguda, se llenó la página del Parque de la Memoria, con letras de valor y llanto. Los nombres de los tres amigos asesinados sonríen desde el muro y ese día, por primera vez, entre desconocidos amigos, pudimos llorarles sin miedo, seguir los ritos de un duelo a destiempo, esparcir flores y brindar por ellos.
Mi madre, la hija mayor de Ramón y Julia, nos enseñó ese día, una vez más, la grandeza de lo más grande: vivir traspasando la negrura, sobreviviendo a los deseos de venganza, dejarnos caer sólo para tomar impulso y continuar avanzando, cultivar con la cabeza bien alta una dignidad humana que nos hace seres libres y maravillosos.
En Sartaguda, en el Parque de la Memoria, tres generaciones de descendientes de mi abuelo abrimos el manto del recuerdo y la esperanza.
Lo pudimos hacer gracias al trabajo y esfuerzo de personas que no conocemos y que han investigado, escrito, esculpido y organizado para nosotros un escenario entrañable que nos proporciona comprensión y paz. Nuestro agradecimiento sincero a todas ellas. Hubo también ese día huecos difíciles de llenar. Algunas personas no han podido llegar, se fueron yendo por el camino, aunque nos han acompañado en nuestros corazones. Otras han podido y no lo han hecho. Dicen que al clarear el 7 de setiembre del 36, tres palomas blancas volaron desde la Virgen de la Cuesta, desplegando sobre Mues sus alas de justicia y libertad. Ojalá el corazón de ese pueblo que los vio nacer se estremezca de emoción hoy, 72 años después, cuando una mañana de éstas las veamos majestuosas levantando de nuevo el vuelo.

Izaskun Moyua Pinillos Gasteiz

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