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17-05-2008
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Firmas de Joker y Alive en un muro en los alrededores de Bilbao. Estos dos amigos comenzaron a pintar en la calle juntos en el año 1995, con un bote de pintura verde, un spray negro y otro blanco.
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El arte urbano se cotiza alto
El grafiti, que nació ilegal, popular y gratuito, ha entrado en los museos, pero algunos artistas callejeros siguen considerando el espacio público como el lugar idóneo para estampar la firma. Son las contradicciones del arte urbano de hoy.
El grafiti nació en la calle como acción transgresora, pero hoy ha saltado la barrera de lo extraoficial y se concibe como objeto de colección y exhibición en museos y galerías. Un ejemplo. En Nueva York, la galería Deitch Projects, en el barrio del Soho, expone a artistas de la calle como Swoon, Barry McGee, Jean-Michel Basquiat o Keith Haring, sin olvidar al misterioso grafitero británico Banksy -se desconoce su identidad-, cuyas obras alcanzan elevados precios en las subastas de Londres o Nueva York y que recientemente ha reunido a 40 cultivadores del arte urbano para convertir un oscuro túnel del sur de Londres en una singular exposición. Otro ejemplo mucho más cercano. El Ayuntamiento de Ortuella organiza un concurso de grafitis para jóvenes de todo Euskadi. Los gastos de los materiales corren a cuenta de las arcas municipales.

El debate no es superfluo, sino que entronca con la forma de entender el arte y el espacio público. Hoy, cerca de la ría, en el corazón de Bilbao La Vieja, Joker, Alive y Fluor, miembros del colectivo de grafiteros H49, enlazan su discurso sobre el arte urbano con recuerdos, risas y nostalgia. No todos están en activo, pero sus creaciones, consideradas por algunos meras gamberradas, siguen desafiando la ley.

acción popular

"El grafiti debe estar en la calle y, a poder ser, de forma ilegal"

Joker, Alive y Fluor no pertenecen a las nuevas generaciones de grafiteros. Comenzaron a pintar en 1995, cuando algunos veraneantes llevaron a Uribe Kosta algo más que la toalla. "Hicimos nuestros primeros grafitis cuando aquí apenas se pintaba, con la influencia de gente de Barcelona que nos llevaba mucho por delante", expone Fluor. Por aquel entonces no contemplaban otra forma de ver las firmas que en la calle. De hecho, el origen de los grafitis se remonta a los 70 en barrios marginales de EE.UU., como el Bronx neoyorquino, en donde se creaban a modo de denuncia social.

"Yo soy muy de barrio. Para mí pintar es un reto con el Ayuntamiento. Generalmente, el grafitero pretende publicitarse al máximo nivel", cuenta Fluor. Joker no puede evitar ofrecer su opinión y, en pocos minutos, el reencuentro de estos grafiteros se convierte en un toma y daca. "¡Es que hace mucho tiempo que no nos veíamos!". Si algo se saca en claro, es que no comparten con exactitud la forma de entender el arte urbano, aunque todos conciben el muro como un espacio para la libertad.

"El grafiti tiene que estar en la calle siempre, y a poder ser, de manera ilegal", puntualiza Alive. Para Joker, el Viva yo o el Ana x Juan es el origen de todo. "Esos son los inicios de que luego pintes. Prefiero esa espontaneidad que el modo en que la gente enfoca ahora lo de pintar grafitis. Muchos buscan currárselos para ver si las galerías se fijan en ellos. Al final, se pierde la gracia". "Yo también lo creo", continúa Fluor. "Hay mucha hipocresía con este tema. El arte urbano siempre se ha considerado vandálico y multable, pero cuando el Ayuntamiento lo legitima, aunque se hayan utilizado las mismas técnicas que usamos y se pinten cosas parecidas, la gente lo admira y le parece bien", opina.

acción ilegal

"Tapan los grafitis, pero dejan la ciudad de color gris"

Las multas por conductas consideradas incívicas, entre ellas las pintadas, pueden ascender hasta los 3.000 euros. Por eso, muchos deciden aparcar el riesgo. "Cuando eres joven tienes más ganas. Luego, conforme pasa el tiempo, por no pagar la multa no pintas", sostiene Alive, que ha vuelto a dibujar tras año y medio. "Tuve un accidente y, desde que estoy en silla de ruedas, casi pierdo el gusto por el grafiti y el diseño gráfico. Pero últimamente he salido varias veces a pintar y cada día dibujo cosas en papel", narra Alive, que sigue arriesgando el bienestar de su cartera por conseguir un buen grafiti.

"Hay gente que está pintando, tiene el primer problema con la poli, y lo deja. ¡No, no! Esto es seguir. Estar año y medio hospitalizado, salir y querer seguir dibujando. Admirable", dice Fluor.

El nombre del colectivo H49 nació de un acto ilegal. "Es la placa de un municipal de Algorta que en 1998 nos confiscó las pinturas. Alive le pidió el número de placa y a raíz de ahí nos pusimos el nombre". Pero en el camino de lo ilegal ellos marcan sus propios límites. "Me gustaría lanzar una propuesta, sobre todo para el Ayuntamiento de Getxo, que gasta millones en borrar pintadas y dejarlo todo gris. Deberían contratar a alguien para que controle las zonas más dañadas de la ciudad. La forma más bonita es que una persona conocida haga un grafiti. Los demás grafiteros es más probable que la respeten que si pintan la zona gris", expresa.

"Yo la piedra la respeto mucho, el Casco Viejo de cualquier ciudad es sagrado. Jamás pintaría una catedral, aunque no sea creyente", resalta Joker. "Ahora han sacado un ácido que come el cristal y que no tiene solución excepto si se reemplaza", continúa Fluor. "Yo nunca he sido partidario de eso. En todo caso lo haría en cabinas de teléfonos, marquesinas o en sitios públicos, pero hay gente que no tiene ni gota de consideración. Acercarse a un coche y pintar con ácido en la luna es una cabronada", opina.

Para ellos, el grafiti no es sólo pintura, sino un modo de concebir el espacio público. "El grafiti le da a la ciudad un encanto especial. No tienes más que ir a Barcelona. No es bonito, pero nosotros lo entendemos y nos gusta. Ahora mismo, si dejaran impecables las ciudades europeas estoy seguro de que a mucha gente que no es grafitera le disgustaría porque comparten una idea diferente de la ciudad".

Quizá. Pero el grafiti es, por naturaleza, efímero. "Hay una vida para el grafiti. No lo puedes dejar diez años en un mural", comenta Joker. "Pues yo pinto un grafiti precioso y me encantaría que estuviese muchos años y que no me lo estropease nadie porque es mi sitio. Ahora por ejemplo hay pinturas de Alive que no queremos que se toquen. Si se hace algo con ellas, que lo haga él", contesta Fluor. Pero hay un modo de que estas creaciones urbanas queden grabadas en algún lugar más allá del recuerdo.

acción gratuita

"Me encanta verme pintando y colgarlo en YouTube"

Las nuevas tecnologías mantienen la gratuidad del arte urbano y permiten que su popularidad aumente. "Con los grafitis uno marca su territorio. A la gente le pintan en el portal y dice, ¡vaya mierda! En cambio, nosotros lo vemos y pensamos: mira, aquí ha estado tal", cuenta Joker. "Yo ahora estoy enganchado a hacer vídeos", explica Fluor. "Normalmente nunca te ves pintando, pero desde hace un tiempo empecé a poner un trípode con una camarita cada vez que salgo a la calle y es increíble. Nunca me imaginaba que me movía tanto haciendo grafitis". "Se está poniendo de moda en YouTube. Me parece la hostia", exclama.

Para este grupo de amigos, los grafitis son vivencias y recuerdos. "Lo mejor de pintar era cómo lo pasábamos. Yo no tenía mucha idea de cómo hacer grafitis, pero me gustaba", comenta Alive. "No quiero ser malo, pero tú eres el antiartista", le contesta Joker entre risas. "¿Yo?". "Sí, en el sentido de que eras muy estricto". "Quedabas a pintar con él y llevaba todo a rajatabla, no había improvisación", continúa Fluor. "Yo creo que eras el mejor".

Hoy, algunos chavales se acercan a pedirles firmas. "A mí me gustan más unos grafitis que otros, pero todos me parecen igual de lícitos", asegura Joker. "Lo interesante es que la gente tenga esa iniciativa", anima. A pesar de ser una actividad tan democrática e ilegal la mayoría de las veces, algunos parecen caer en contradicción. En Inglaterra, Banksy pinta y denuncia en una pared clandestina y gratuitamente. El dueño subasta su creación y la vende por 275.000 euros en internet.

Las multas por conductas incívicas, como hacer pintadas, pueden ascender a los 3.000 euros
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