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Doinu Txikitan
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Galicia
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Kepa Junkera
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CUANDO descubro en alguna ciudad el típico cartel en el que hay una lista de ciudades hermanadas con la misma, me llama la atención los lugares tan diferentes a los que pertenecen. Tanto es así que, a veces, leyendo la lista uno puede realizar un viaje imaginario por los cinco continentes. Pero también hay hermanamientos entre ciudades, pueblos o incluso países que nacen por motivos que no figuran en ninguna lista. Este fin de semana he descubierto uno de esos ejemplos. Actuábamos en Galicia y más concretamente en la localidad de Burela, en la mariña lucense. Terminada la actuación y mientras charlaba con la gente del lugar, descubrí que muchos de los del pueblo trabajaban en barcos pesqueros con base en puertos vascos, y comencé a intuir que Galicia y Euskadi tenían un vinculo especial, un nexo de unión que tenía lugar en el mar. Pero recuerdo también una foto muy especial en la que marineros gallegos y vascos posan juntos con diversos instrumentos y herramientas, demostrando que también musicalmente nuestros pueblos están unidos. La incluí en un disco recopilatorio en el que participé para ayudar en lo posible a los afectados por el desastre del Prestige. Siempre he sentido una envidia sana por cómo los gallegos han sabido cuidar y mimar su música. Grupos de la calidad de Milladoiro, Berrogüeto o Luar Na Lubre y músicos de la talla de Xosé Manuel Budiño , Carlos Núñez o Susana Seivane son el ejemplo perfecto. Al mismo tiempo, y a diferencia de lo que pasa en nuestra tierra, es increíble la cantidad de festivales de música tradicional que organizan con un esmero y un cariño impresionante. Cuando visito Galicia siempre tengo la suerte de ver cómo alguien, de repente, saca una gaita y como si de un antiguo ritual se tratara se la enchufa bajo el brazo y comienza a tocar. Todo se transforma y sin querer, uno siente que el ritmo se apodera de lo que le rodea. Ésa es la magia de la música gallega. |
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