|
|
|
Zaurian piko
|
|
¡Oh vanidad!
|
|
Por Katixa Agirre
|
|
 |
HAY varias razones para aceptar una invitación a una mesa redonda, charla o cenáculo cualquiera. La primera, sin duda, es la vanidad. Invitándome, halagan mi ego y, por lo tanto, allá que me voy tan contenta. Otra puede ser el dinero. Me pagan (no a mí, desde luego, pero otras personas me aseguran que a veces ocurre), así que voy, como el asalariado que acude a su puesto de trabajo.
Pero no todo va a ser el vil metal. Para los eventos más humildes, están los pinchos. No pagan, pero han prometido lunch para después: mi nevera está vacía y me da pereza ir al súper, así que voy, hago rápido lo que haya que hacer y después me atiborro para no tener que ir al súper en varios días más.
Tampoco debemos olvidar el factor compadreo. Me invitan a una mesa redonda en la que ni pagan, ni hay pinchos, pero me han dicho que a mi lado va a sentarse Fulanita de Tal. Voy, porque me conviene hacerme la foto, o me apetece tomar una cerveza o pedirle tal favor. Claro que en lugar de Fulanita de Tal, el compi de mesa puede resultar ser Menganito de Cual, con quien ni deseo ser fotografiada, ni quiero compartir cervezas, ni creo que pueda hacer nada por mí. Queda así invalidado el factor compadreo. Pero no es éste el caso que nos ocupa.
El caso que nos ocupa tiene que ver con que según escribo estas líneas me queda menos de una hora para acudir a una mesa redonda de título inverosímil y tema inextricable. No me pagan, dudo de que haya pinchos y no conozco al resto de participantes. Me pregunto, entonces, antes de que lo hagan ustedes, por qué diablos dije que iría. Descartadas las demás, sólo queda una razón. Sí, la primera esgrimida en esta columna.
La vanidad hace siempre traición a nuestra prudencia y a nuestro interés, dejó escrito Jacinto Benavente. Hablamos muy poco, dijo también François de la Rochefoucauld, excepto cuando la vanidad nos hace hablar. Así que allá me voy. A hablar. No sé muy bien de qué. |
|