cannes. El director canadiense de origen armenio Atom Egoyan subió ayer al ruedo de Cannes para hablar de tecnología, identidad, familia, miedo, terrorismo, del paso a la edad adulta, y de Adoration palabra que da título y consistencia a su nuevo filme. No podía ser de otra manera con el autor de Ararat (2002), quien inspiró una parte de su película en un artículo, leído en 1986, sobre un terrorista jordano que ocultó una bomba en el bolso de su novia irlandesa embarazada cuando tomaba un vuelo de la compañía El Al.
Aunque no siempre lo parece, la cinta, que fue bien recibida, con algunas ovaciones incluso, es cuestión de adoración, de adoraciones múltiples, más bien, a falsos dioses, a objetos, tradiciones y tecnologías, personas, ideas, manipulaciones e instrumentos diversos, pero, en primer lugar de adoración amorosa.
Como la que siente Sabine por el esposo que la abandonó y a quien sigue amando, tanto como para proteger al hijo que ella no pudo darle. Un amor raro y verdadero, interpretado por Arsinée Khanjian, que transmite historias fundamentales y revela cómo los viejos secretos de familia pueden atravesar generaciones, incluso no consanguíneas.
Amor secreto y bien guardado, que es una de las bellas sorpresas del filme y un hallazgo ofrecido con fluidez al espectador. Y ello sin resultar inútilmente rebuscado, pese a la complejidad que suma a la cinta esa verdad insospechada, que Egoyan deja destilar sólo cuando el ritmo de su creación lo permite.
Este hombre de cine, pero también de teatro, ópera y pedagogía lo hace una vez agotada su exploración por un universo tecnológico de ciencia ficción que vaticina como inminente. En su película, presentada como la historia de un joven que se inventa una identidad por internet, pero que es mucho más, la red, las comunicaciones múltiples, la composición de personajes para la cámara casera, constituye en sí un personaje fundamental.
Aunque termine en la hoguera, en forma de teléfono móvil último modelo, desaparecido entre las llamas junto con la imagen de un abuelo difícil, que hasta esa desaparición simbólica impedía a Simon, su nieto, saber quién era en realidad, por pura inconsciencia, al ofrecerle la falsa composición familiar que le había permitido a él seguir viviendo.
La verdad, estar en posesión de la verdad, de la de uno mismo, ésta es la adoración clave del filme, el mensaje primordial que parece querer transmitir su autor. Regalo que el público recibe gracias a enrevesados vericuetos que sólo sirven para deshacer un denso entramado de miedos y mentiras entre las que viven sin saberlo sus personajes. |