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Vida sin fronteras
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Rarezas establecidas
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Rafa Redondo
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LA forma más sencilla de que nuestra sociedad nos etiquete como esquizofrénicos consiste en afirmar, por ejemplo, que uno se siente, en lo más profundo de su ser, completamente fundido con todos los seres vivos, con el Espíritu infinito, con el universo y con la Totalidad; una intuición, en suma, que las culturas sabias del mundo nunca han considerado como el abismo de la enfermedad mental, sino, por el contrario, como el pináculo de la comprensión humana.
Suele decirse que la diferencia entre el místico y el psicótico radica en que ambos nadan sobre el mismo mar, pero que mientras el místico flota, el psicótico se ahoga. No estoy, sin embargo, muy seguro de que tal diferenciación sea compartida por la psicología académica.
Es más, si observamos tanto su posicionamiento general sobre el tema como su práctica clínica habitual, no sería una osadía aventurar que si los grandes maestros de la espiritualidad tanto oriental como occidental se expusieran en un diagnóstico 'a ciegas' ante nuestros hospitales psiquiátricos o 'módulos psicosociales', a buen seguro que serían diagnosticados como psicóticos o esquizofrénicos. Así, Platón, Plotino, Rainer María Rilke y hasta Albert Einstein o el mismo Tehilard de Chardin, con toda probabilidad serían tachados de delirantes y patologizados por el establishment de los psiquiatras y psicólogos. Un establishment que olvida la morbosidad del modelo liberal que promociona.
En una sociedad unidimensional y configurada por el pensamiento único, donde ser original es sinónimo de raro, y hasta de enfermo es 'lógico' que aún no hayamos superado el vicio científico de confundir estados místicos con estados psicóticos, un vicio que en la psicología oficial, tan acomodada, tan adaptada y, sobre todo, tan derechizada, hoy alcanza cotas de epidemia. |
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