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Alberto Contador cubre los últimos metros de la crono en la que afianzó el maillot rosa. Foto: efe |
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El oráculo se equivoca
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Cedió cinco segundos con Simoni, 16 con Sella y 22 con Pellizotti, pero metió ocho a Riccò, su gran rival.
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Alain Laiseka
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Bilbao. El Astana es un clan de silencio, prudencia y cautela. Grupo sin grietas, sin fisuras. Una carta lacrada, sellada. Insondable. "No somos visionarios, videntes, que se dedican a hacer pronósticos. Eso es para brujos, para Rappel. Nosotros vivimos día a día". Un muro de palabras cerca la intimidad kazaja. Entorno de ladrillo. Alberto Contador, su estrella, predica con el ejemplo. Se viste de mesura, de rosa. Cuando lo hizo el domingo en la Marmolada, su mirada era aséptica: "Vine para seis días y estoy de líder". Pasado y presente. Al futuro, sólo le dio un vistazo que salpicó de tópicos. "El día del Mortirolo y el Gavia será muy duro. Pero también hay dos cronos que me benefician". Nada más. ¿Los rivales? "Peligrosos". Claro. En Astana no son videntes. La tarde del domingo, la primera de su carrera en rosa, quiso serlo Johan Bruyneel. El oráculo. El guía espiritual de Lance Armstrong. El de Contador. "Alberto perderá el rosa en la cronoescalada. Se lo quitará Riccò", dijo. Erró. El madrileño le contradijo en la atalaya de Plan de Corones. El hermano gemelo del Angliru. La cuesta de Aia multiplicada por diez. Montaña sanguinaria a la que el líder del Giro se asomó tímido y salió henchido. Reforzado. Más rosa. 8 segundos más de asfalto sobre Riccò, su gran amenaza, pese a que el inquebrantable Simoni le recortó cinco, el sorprendente Sella 16 y 22 el luchador Pellizotti, el triunfador en Plan de Corones. Coronado.
Contador desconcierta. Su molinillo distrae, engaña. Parece que no avanza, que no mueve agua. Es la sensación que desprende mientras escala colgado de la punta de su sillín, como si fuese en el plano, y agarrado a las manetas. Postura ergonómica. Eficaz. Lo dijo ayer su tiempo en el punto intermedio, ubicado en la cima del Passo Furcia. Segundo. Sólo Sella superaba su ritmo. 12 segundos más brioso el del rey de la montaña, el ciclista que creyó ser Pantani cuando rodaba camino del triunfo en la cuna del Pirata, en Cesena, aquel mayo de 2004 que lloraba todavía la desaparición del mito. Ahora, cuatro años después, es su heredero. Vuela cuesta arriba. Como Pantani. Pero distinto. Su pedaleo es ramplón, sufrido. Lucha contra la montaña, trata de sobrevivir a ella. Pantani nunca lo hizo. Vivía en ella. Se fundía con las nubes. Tenía alas.
El Passo Furcia igualaba a los grandes favoritos. Tres. El líder, Riccò y Simoni. En un pañuelo. Seis segundos entre el madrileño y Gibo. La Cobra cedía cinco. Fuerzas parejas, como la víspera en la Marmolada, como en Alpe di Pampeago. Cuando el cuerpo raya el límite, la batalla ciclista se convierte en una cuestión de subsistencia, de resistencia, de saber convivir con la agonía. Di Luca y Menchov, cuarto y quinto en discordia antes de la cronoescalada, se dejaron vencer ayer camino del averno de Plan de Corones. Calcaban su demora en el kilómetro 7,6. 50 segundos con Sella. En meta perdían el Giro. 1:45 el italiano. 1:49 el ruso.
Un kilómetro eterno A cinco de meta, la crono cambiaba de cara. Más ruda, más salvaje. Asfalto desmigado, tierra compacta que con la humedad construía una fina película de arcilla. Pegamento para las ruedas que se extendía hasta tres de meta, hasta que la pista que utilizan los miembros de mantenimiento de la estación que anida en Plan de Corones abandonaba la arboleda. Un respiro, el último antes de asomarse al infierno. La cordada final. Una rampa eterna que catapultó a Franco Pellizotti, espoleado por el apremio. Pedalea su última oportunidad. "El próximo año estará Basso", dice. Marcó el mejor tiempo tras remontar 28 segundos a Sella en cinco kilómetros. Nadie se le acercó. Ni Simoni, regular durante los 13 kilómetros, ni Riccò, de más a menos, encorvado, vencido en la descomunal rampa final. Culebra. "La rueda trasera me patinaba cuando me levantaba del sillín", se excusaba. Igual que Contador. "He perdido tiempo en el último kilómetro al patinar una rueda". Empate. Casi. Ocho segundos a favor del madrileño. Un triunfo en el lugar de una derrota. Lo había dicho Bruyneel, su oráculo. Se equivocó. |
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