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01-06-2008
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Un grupo de diez invidentes probaron el pasado miércoles la nueva iniciativa del Museo de Bellas Artes y pudieron descubrir gracias a su tacto diferentes materiales y técnicas artísticas.
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A ciegas por el museo
El Museo de Bellas Artes puso en práctica el pasado 19 de mayo visitas especiales para personas invidentes. Inseguridad, miedo y sobre todo fascinación es lo que pude sentir al integrarme, con los ojos vendados en uno de los grupos.
O SCURIDAD. Inseguridad. Miedo. "De sopetón es difícil, que estés viendo y de repente... Es por no reconocer el entorno en el que estás", me aseguraba Amaia, integrante del grupo de la Once al que aquella tarde acompañaba en su visita al Museo de Bellas Artes. Eran las 17.30 horas. Un antifaz cubría mis ojos poniéndome en las mismas condiciones que mis compañeros, todos ellos discapacitados visuales. Todo se volvió negro. Nerviosismo. Inquietud. "Y ahora, ¿hacia dónde voy? Por favor, no me dejéis sola".

El sentido del tacto fue el protagonista durante los quince minutos siguientes. Completamente a ciegas pasaba mis manos sobre los bustos que el museo ha escogido para esta nueva iniciativa en la que apuesta por la igualdad entre quienes sufren discapacidades visuales y los que no y que dio comienzo el pasado 19 de mayo.

"Déjame tu mano", me indicaba César Otxoa, miembro del departamento de Educación y Acción Cultural del museo. Dejarse llevar no es nada fácil. Inconscientemente frenaba mi brazo por miedo a tocar algo que no me gustara. Como en esos programas en los que vendan los ojos al famoso de turno para hacerle meter la mano en una caja llena de insectos o animales repelentes. Una vez localizada la figura, posaba mi otra mano encima y comenzaba a recorrer cada detalle. El pelo, los ojos, la nariz, las orejas, los brazos... Todo me resultaba perfectamente reconocible gracias a sus formas.

"Esta otra es de color negro", me indicaba César, "notarás que está mucho más fría". Tenía razón. En esta ocasión la figura humana estaba menos definida, mucho más fría. Y es que, para que los invidentes reconozcan los diferentes materiales que se pueden utilizar en la creación de esculturas, el museo ha preparado cuatro bustos de representaciones humanas que van desde la figuración a la abstracción realizados en mármol, metal...

La gran novedad

Acercamiento táctil al arte

La cosa se complicó un poco más cuando César me dirigió hacia un lugar donde tenían preparados fragmentos de texturas de todo tipo, desde las más tradicionales a las más actuales. Así, me vi deslizando mi mano sobre un lienzo en blanco, sobre pinceladas poco definidas, sobre un mosaico, sobre un collage...

Era como un juego. Posaba mi mano y tocaba la textura. Después César me preguntaba qué había tocado. No acertaba nunca. Y eso que los que no tenemos discapacidades visuales hemos visto este tipo de materiales infinidad de veces. Era complicado. Es algo que ves constantemente pero que nunca te paras a tocar. Nunca había necesitado utilizar mi sentido del tacto para descubrir algún objeto.

En eso, mis compañeros de grupo me llevaban ventaja. Ellos tampoco habían tenido la oportunidad de tocar esos materiales pero tienen su sentido del tacto mucho más desarrollado. No se les escapaba ni una.

El grupo al que acompañaba era de aproximadamente diez personas. No todos eran ciegos totales. Únicamente dos chicas, ambas muy jóvenes, no veían nada, aunque lo habían hecho con anterioridad. Los demás conservaban restos visuales por lo que, con ayuda del Iker, quien nos guió aquella tarde, podían observar pequeños detalles.

Cuando llegó el momento de cambiar de sala, mis compañeros lo hacían con total naturalidad, subían y bajaban escaleras sin ningún problema -siguiendo por supuesto las indicaciones del guía-. Disfrutaban de la visita. Comentaban entre ellos las diferencias de las texturas que habíamos visto en la sala anterior. Yo en cambio, no sabía qué hacer. No sabía por dónde moverme. Me costaba dar un paso hacia delante o hacia atrás. Tenía miedo de caerme, de romper algo, de pisar a alguien...

La importancia del guía

Reconstruir la obra en la mente

La visita cada vez se complicaba más para mí. Por fin llegamos a una sala. César me paró, creo que delante de una escultura, y me dijo que esperara ahí. De nuevo oscuridad. De repente la voz de Iker situado, según pude percibir, un poco más a mi izquierda, atraía mi atención. Estábamos delante de un cristo del siglo XII, o al menos eso es lo que nos decía.

Comenzó una descripción muy detallada de la escultura. Las medidas, el material, los colores... Las palabras del guía se iban colando en mi cabeza y como si de una película se tratará, iban formando la imagen del cristo en mi mente. Es de madera, no tiene gestos de dolor, va vestido de rojo, tiene el cuerpo en forma de T, el vestido tiene dibujados unos círculos... Recordaba los cristos que desde pequeña había visto en el colegio, religioso, al que mis padres decidieron llevarme. Ya lo tenía. Veía al cristo.

Cuando finalizó la explicación César me permitió quitarme el antifaz para que pudiese ver cómo era realmente la escultura que tenía delante. Efectivamente era de madera y, al igual que el que estaba en mi mente, vestía de rojo. Pero esos eran los únicos detalles en los que se parecían el cristo real y el de mi imaginación. No había acertado.

"Espero que si te veo en la Once algún día sea como voluntaria y no como afiliada", me decía Rafael, miembro del grupo, mientras esperábamos en otra sala diferente a una nueva explicación de Iker.

Observábamos en ese momento el retrato de una reina. El guía, que fue nuestros ojos durante todo el recorrido, comenzó a explicar chismorreos de la época, haciendo así participar al grupo en todo momento. La reina vestía un traje de terciopelo negro. Y para que supiésemos como era ese tejido, nos dejó tocar una muestra de la tela. Volví a hacer todo mi esfuerzo para reconstruir la imagen. En esta ocasión, cuando me quité el antifaz para observarla vi que, de nuevo, en lo único en lo que había acertado era en el vestido.

Cada vez me sentía un poco más segura pero estaba deseando quitarme en el antifaz y volver a andar con decisión. Con el último cuadro, El sacrificio de Isaac, hice el máximo esfuerzo pero fue inútil. Mi imaginación siempre reconstruía los cuadros más pequeños de lo que eran en realidad. Eran las 18.45 horas según indicó el reloj de Lucio, otro de los integrantes del grupo, cuando este lo pulsó. La visita había finalizado. Volví a ver la luz.

La inseguridad y el miedo de no conocer el entorno estuvieron presentes durante todo el recorrido

La imagen mental que reconstruía de las obras gracias a la explicación del guía no coincidía con la real

Visitas especiales para invidentes

Una iniciativa por la igualdad

Con la colaboración de Once y el patrocinio de la empresa Iberdrola, el Museo de Bellas Artes ha profundizado en el objetivo de la accesibilidad a la colección del museo para todas las personas y en concreto para aquellas que sufran alguna discapacidad visual. Para ello han creado un programa especial de visitas que pueden modificarse en función del interés del propio grupo- de un máximo de 10 personas-. El recorrido completo, de aproximadamente hora y media de duración se divide en dos fases, una primera en la que se realiza una visita por una selección de pinturas y esculturas que sirven a los visitantes para profundizar en diversos aspectos temáticos del arte. Y una segunda en la que se conduce al grupo a un espacio de experimentación donde se propone un acercamiento táctil a una serie de materiales y técnicas artísticas: lienzo, óleo aplicado con distintas técnicas, mosaico, cemento, collage... y cuatro esculturas de la colección que permiten analizar aspectos como el tamaño y la textura. En el futuro, el museo tiene la intención, en la medida que el programa se desarrolle en el tiempo, de hacer acercamientos temáticos: a la pintura vasca, la contemporánea, el retrato, la costumbrista, la mujer en el arte, la infancia... para intentar desarrollar diferentes discursos y abarcar más espacios y contenidos para los visitantes. >t.R.
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