En las noches cerradas del algodonal los esclavos negros se reunían alrededor del fuego y hacían del baile la única alegría de una vida perra, sojuzgada a los restellos del látigo. Algo semejante ocurrió ayer sobre el albero ceniciento de Vista Alegre: la destreza de los caballos de la cuadra de Pablo Hermoso de Mendoza, animales casi mitológicos por sobrenaturales -cualquier día saca a la arena un unicornio y exhibe una doma fabulosa...-, barrió las penas de una estampida de búfalos. Los toros de Zalduendo, excepción hecha del quinto de la tarde, recordaron a los hijos bastardos del rey: sin nobleza y sin el orgullo de la estirpe del toro bravo, sin un ápice de raza. Por contraste, los animales de Fermín Bohórquez, falto de fuerzas aunque noble el primero y codicioso el cuarto, parecían la lumbre de esa hoguera antes citada.
Corro a decirles que no fue la tarde de los desmayos de Pablo, pero sí es verdad que suyas fueron las galopadas con más temple del día, sobre todo a lomos de Silveti, un caballo digno del pabellón de los valientes -ofrece su cuerpo al toro con pasmosa sangre fría...- o de The Royal Ballet Opera House, donde encontraría hueco como primer alazán de la compañía. A lomos de esa hermosa criatura de Dios Pablo midió las distancias, se ciñó a la cintura de la embestida del toro y cuajó uno de los momentos de la tarde. Vinieron luego las cabriolas y los desplantes, el manejo del caballo como si el jinete no fuese tal sino un centauro y toda esa literatura que se ha escrito sobre su capacidad de doma y su forma de cabalgar. Un rejón algo caído bastó para sellar su pasaporte a la sala de los triunfadores de la tarde.
No se acercó ni a la consigna de ese lugar sagrado Manuel Jesús, El Cid. El diestro andaluz, obligado a desmonterarse de salida en recuerdo a su histórica tarde del pasado año frente a seis vitorinos, saludó con soltura de brazos a la verónica a su primero pero, entrado en harina con la pañosa, se dio de bruces con la brusquedad del toro, reacio al vaivén y dubitativo. Ahí le pudo la cautela y la faena fue amortiguándose hasta evaporarse sin dejar huella. Frente al quinto de la tarde, un toro de galope pronto de salida, El Cid embarcó una primera tanda con la derecha vibrante, con el toro arrojándose al vacío de la muleta. En la segunda, de similar aire, el toro tuvo más codicia que el diestro y le sobrepasó. De nuevo entró en penumbra la voluntad del torero, que tal vez no contaba con el ánimo para enfrascarse en un tercio de guerra. Acortándole la distancia, fatigándole con asfixia, El Cid tapó las aparentes bondades del animal hasta dejarse llevar a un pinchazo hondo y cosechar una gavilla de aplausos de cortesía. Fueron las suyas dos faenas melancólicas, sin sustancia. Dos faenas de souffle.
Vino Cayetano a Bilbao con ánimo bien distinto, casi opuesto. El diestro de estirpe estuvo toda la tarde porfión y tenaz, incluso replicante en un quite a El Cid en el único duelo de la corrida. Quiso el azar para su desgracia que el día en que estrenaba traje de luces de matador de toros en Vista Alegre un cortocircuito de raza y casta en sus enemigos nublase su voluntad. Hubo un momento, incluso, en que se produjo la sensación de que los presentes eran testigos de un milagro: la resurrección del toro muerto. Cayetano había intentado torear de izquierda a derecha, por arriba o por abajo a su primero. El toro, boqueante por la fatiga, miraba la muleta y embestía en morse. Una, dos, tres zancadas y...¡ zas!, parón. Cayetano buscó el petróleo de la raza y apenas encontró una pequeña bolsa de gas. Aguardó el diestro la aparición por toriles del último de la tarde y, abracadabra, salió un alma gemela. Otro toro tardo y quedo, otra gárgola de catedral que apenas daba un paso. De nuevo se enfrascó el diestro en una pelea estéril. Sus dos toros fueron áridos como tierras de secarral.
la ficha
· Ganadería: Tres toros de Fermín Bohórquez para rejones, tras el percance que inutilizó al segundo de Pablo Hermoso de Mendoza. Apagado y mortecino el primero y con casta el cuarto bis, el del triunfo. Cuatro toros de Zalduendo, bien presentados pero de juego mortecino y desrrazados, excepción hecha del quinto de la tarde, fiero en el último tercio.
· Pablo Hermoso de Mendoza. Dos pinchazos y un rejón trasero, saludos. Rejón desprendido, una oreja.
· 'El Cid',de Nazareno y oro. Estocada desprendida, palmas. Un pinchazo hondo y un descabello, ovación.
· Cayetano, de verde botella y oro. Estocada al volapié, contraria, ovación. Estocada desprendida, palmas.
· Incidencias: Tarde de temperatura veraniega, aunque la presencia del viento incomodó la lidia con repetida terquedad. Dos tercios de entrada en la corrida conmemorativa del 708 aniversario de Bilbao que estuvo presidida por Matías González. Entre el quinto y el sexto toro, dos niños trastearon con sendas muletas en el tendido del siete y recibieron las mayores ovaciones de la tarde.
Pablo Hermoso de Mendoza exhibió nueve caballos de su portentosa cuadra y cortó la única oreja
'El Cid'exhibió un aire de melancolía y Cayetano buscó petróleo ante dos toros áridos como el secarral |