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Kartografiak
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Arena
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Jesús Mª Lazkano
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POR mucha prisa que nos demos, todo acaba llegando cuando corresponde, ni antes ni después, aunque la espera resulte eterna o el acontecimiento nos sobrepase por desprevenidos. El tiempo siempre juega con nosotros, creemos evitarlo, pero como siempre vence, intentamos huir de él, también de la edad. No lo acabamos de superar. Antaño, el día se regía por sus horas de luz, más tarde los horarios laborales marcaron la pauta, pero ahora y como otra nefasta consecuencia derivada de la globalización, el tiempo se alarga. La duración del día se estira pero paradójicamente nos queda menos tiempo para disfrutarlo. Cuando aquí creemos haber llegado a las horas de sueño, alguien nos llama por teléfono desde el otro lado del Atlántico o del planeta, te habla cuando allí todavía es ayer o cuando ya es mañana.
La aldea global no duerme y la actividad invade la frontera de los días. Poco importa que sea víspera de San Juan, o el solsticio de verano con su noche tan corta, permanecemos inmutables, ajenos a los ciclos naturales, independientes y aislados, fuera de la realidad. Nuestra fantasmal vida moderna lo es más en la medida que desaparece la frontera de los días, de las horas o de la realidad. Pero el solsticio es fiel a la cita, como lo es la estrella Sirius visible al este al amanecer, anunciando las crecidas del Nilo. Carecemos de conciencia planetaria y de un sentido natural del tiempo y sus fracciones, una memoria que todavía y de momento forma parte de nuestra naturaleza, aunque lo confundamos con esa máquina infernal sujeta como grillete a nuestra muñeca. El tiempo no es abstracto ni neutro, es nuestro. El empeño por situarnos fuera de la realidad, huir de la realidad diría yo, del tiempo, nos deshumaniza. Necesitamos volver a un tiempo trascendente, un tiempo que transcurre a la misma velocidad, pero con más profundidad, un tiempo humanizado, que permanece. Sin darnos cuenta, ha llegado la hora del reloj de arena. |
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