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Mesa de redacción
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Corbatas
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Juan Carlos Ibarra
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LA corbata es una pieza imprescindible en el uniforme de la oficialidad y de parte de la tropa ciudadana. No llevarla es casi motivo de arresto en ciertos ámbitos y circunstancias. Un ministro sin corbata, por ejemplo, tiene menos valor que uno sin cartera. Un ejecutivo descorbatado es un caballero sin espada. Un representante comercial a pecho descubierto no triunfa ni aunque venda alpargatas. Un dependiente de grandes almacenes en mangas de camisa es, en fin, un francotirador camuflado. Para muchos, la corbata ha sido una compañera inseparable desde antes de que los pantalones les taparan las pantorrillas. Aquellas fotos escolares de chaqueta, corbata con tira de goma, bolígrafo presto y mapa del imperio al fondo, eran la imagen viva de una sociedad de fachada (búsquenle el doble sentido que deseen a la palabra). A partir de ahí, la corbata iba apareciendo cada vez con más frecuencia: la primera comunión, el examen de reválida, la foto de familia, el guateque pija, la boda de la hermana, la licenciatura en la Universidad, la entrevista de trabajo, la reunión de altos vuelos, la boda, el bautizo, el funeral... Para otros muchos, en cambio, la corbata desapareció tras aquella foto de la escuela y, si acaso, la recuperaron a regañadientes en esas dos horas que van desde que el cura dice "Queridos hermanos..." hasta que el tenedor choca por primera vez con el incómodo trozo de metal que rodea el dedo corazón. Es más, si alguno de estos últimos, que no nombraré por pudor, ha tenido que tirar de corbata por razones de fuerza mayor (y a la fuerza ahorcan también con las corbatas), internet ha sido su tabla de salvación. En www.nudo-de-corbata.com lo explican muy bien. Lo que no explican es cómo sentirse cómodo con esa soga de convención social al cuello.
jcibarra@deia.com |
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