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05-07-2008
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Los corredores del Columbia, con Kim Kirchen y Gerald Ciolek en primer plano, realizan un entrenamiento antes de que hoy dé comienzo la carrera.
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En la tierra del ciclismo
El Tour de Francia arranca hoy en Brest con una etapa en línea que finaliza en la cuesta del Cadaudal, un lugar de auténtico culto para el ciclismo francés en el corazón de Bretaña.
AQUÍ no hay inmigrantes porque llueve mucho". Llueve a las puertas del océano, en la esquina de Francia, en el fin del mundo. Finisterre. Brest brilla antes de que el Tour de Francia arranque con una etapa en línea 41 años después de la instauración del prólogo en Anvers aquella recordada tarde de 1967 en la que un vasco, José Mari Errandonea, privó a Raymond Poulidor de vestir un maillot amarillo que jamás se colocaría; el asfalto de la ciudad hermanada con Cádiz, su antípoda climatológica, es ahora de pizarra. El agua cubre su pasado. Cuentan que en estas calles nació, en parte, el Tour. Antes que la Grande Boucle existiese, la París-Brest-París daba respuesta a la pasión bretona por el ciclismo en las postrimerías del siglo XIX. Era 1891. 1.200 kilómetros perfilaron la leyenda reconvertida ahora en una prueba de culto para el cicloturismo. Aquella locura de carrera la creó Pierre Giffard, director del rotativo Petit Journal y, más tarde de Veló, con la idea de mejorar las ventas de su periódico, la competencia de L'Auto que dirigía Henry Desgrandes, el ideólogo del Tour, su creador. La prueba insensata echó a rodar en 1903 y buscaba el mismo golpe de efecto, derrotar a su rival, que buscó la París-Brest-París. No fue la de potenciar su rotativo el único móvil de Giffard para crear aquella carrera. Tuvo otro. Económico también, empresarial. Quería, popularizando el evento, inyectar vida a la recién creada industria del ciclismo, de la bicicleta, una tradición que germinó en Bretaña. Para siempre. Es reconocido: es una bendición ser vendedor de bicicletas en la tierra de Bernard Hinault, el campeón recordado, el añorado; todo el mundo va en ellas. La fama de la comarca es internacional, por eso se ha convertido en lugar de peregrinaje del selecto paladar de los cicloturistas, que buscan el cuadro exclusivo, el inimitable, el que cultivan y cincelan con ardiente paciencia los alfareros de la bicicleta: Daniel Salmon, Martine L'Harridon, Jean Christophe Moussard, Jean Pierre Guégo… que reclaman algo insólito, un label para sus obras; quieren que los cuadros fabricados de manera artesanal sean reconocidas como "producto de Bretaña".

Piden los artistas un sello de identidad, como el que distingue a los bretones. Su carácter: áspero, rudo, determinado, inasequible al sufrimiento. Ese temperamento que internacionalizaron sus ciclistas. Todos bastos agonistas. Bernard Hinault, que pasea estos días su grandeza por el escaparate del Tour, es su mayor exponente, el último, el que de manera más plausible se aparece en la memoria como heredero de la nobleza de Jean Robic, de su entrega, o el corazón inabarcable de Louison Bobet, el ciclista que logró dotar a unas virtudes limitadas de un palmarés ilimitado (tres Tours, entre otras victorias). También del pionero, de Lucien Petit-Breton, el primer corredor de la historia que logró encadenar dos victorias en la ronda gala. Lo hizo en 1908, después de ganar la edición anterior. Hace un siglo exacto de aquello. El tiempo es una medida relativa. Goma de mascar. Se estira y encoge al gusto de las sensaciones. Para el ciclismo francés, las horas son años, los años, siglos; 23 años es una eternidad. Demasiado tiempo para el país que acunó el chovinismo, el exacerbado sentimiento nacional, encogido con el paso del tiempo, intimidado. En la prehistoria sitúan 1985, el año en el que El tejón logró su quinta y última victoria en el Tour de Francia, la postrera también para el ciclismo galo. "Ya no hay ciclistas como los de antes", suele criticar Claudio Chiappucci, el rival de Indurain, y a Hinault se le deben de encoger los hombros y achicar el alma cada vez que lo escucha y observa la nueva camada de ciclistas galos, los herederos de Jalabert, Virenque, Leblanc… "Somos una generación más tímida", explicaba Remy Di Gregorio, uno de los referentes, junto a Romain Feillu, del nuevo ciclismo francés, el del futuro.

Los bretones, nunca lo fueron, tímidos. Desde Petit-Breton hasta Hinault, pasando por Cyrille Guimard, dotaron a su pensamiento de voz para diferenciarse del resto de los franceses. Pregonaban su condición de bretones antes que la de franceses. Defendían su lengua, su cultura y su carácter. El enfrentamiento llegó al ciclismo y se materializó en aquel equipo de mitad de siglo, L'Equipe d L'Ouest, que vestía de rojiblanco y se enfrentaba en el Tour a la tricolor (blanco, azul y rojo). Ese sentimiento no ha desaparecido. Bretaña cuenta con un equipo continental que enciende a los bretones, el Bretagne-Armor Lux, una especie de Euskaltel-Euskadi bretón, que nació en 2005 (heredando la estructura del Jean Floc'h amateur, que había visto la luz en 1994 bajo el nombre Bernard Sport) apoyado por las instituciones bretonas que vieron en el ciclismo, por su tradición en Bretaña, un escaparate también para exportar sus encantos al resto de Francia, del mundo. "Allez les bretons", les gritan ahora desde la cuneta en cualquier carrera de Francia al identificar el maillot azul oscuro con la región, que vibra con su equipo. Un botón: el pasado 31 de mayo, en el Gran Premio de Plumelec que ganó Thomas Voeckler, el más aplaudido fue un joven de veintiún años llamado Cyril Gautier, cuyo logró fue ir escapado con el ex líder del Tour de Francia y portar, con orgullo, el maillot del Bretagne-Armor Lux. ¿Les suena?

Debe ser por eso, porque el Tour parte hoy desde la tierra del ciclismo, desde su corazón, que sólo se habla de eso, de ciclismo. Todo lo demás que se había convertido en tradición en todas y cada una de las nueve vísperas del inicio del Tour desde que hace una década explotase el caso Festina, se ha evaporado. No existe. Ni siquiera una mención velada, un comentario puntilloso, punzante. Nada. Extinguido. Como la presencia de la UCI en la Grande Boucle después de que ASO decidiese, antes incluso de arrancar su temporada, que se inicia en marzo con la disputa de la París-Niza, desvincularse del ente que dirige el irlandés Pat McQuaid para dividir el ciclismo en dos vertientes con el mismo anhelo: el control del ciclismo. Y la ausencia de la UCI se nota. Para bien o para mal, ni ayer ni el jueves se procedió a los rutinarios controles de salud previos, desde que uno tiene memoria, a la salida de la carrera. Una pena para la curiosidad, que se quedará sin saber este año quién es el corredor más alto, o más pequeño, o con menor frecuencia cardiaca, o el más ligero, o el más pesado… de la presente edición de la ronda gala.

Final en el Cadaudal Es un dogma en el Tour de Francia: la carrera que parte de Bretaña encumbra a un ciclista colosal. Ha ocurrido siempre, en cinco ocasiones: en 1952, cuando el Tour arrancó, también, en Brest ganó Fausto Coppi; en 1964, Jacques Anquetil; en 1974, en Brest, Eddy Merckx; en 1985, en Plumelec, Bernard Hinault, y en 1995, en Saint-Brieuc, Miguel Indurain. París espera a otro grande, aunque lo dude Jan Ullrich, el ciclista proscrito, uno de ellos, quien en una reciente entrevista había puesto en duda la verdadera grandeza de un Tour de Francia en el que no se encuentran los mejores ciclistas del mundo. Una clara referencia a Contador, Klöden, Leipheimer, Boonen…; velado puente al pasado reciente y sangrante de este deporte, el que estalló en 2006 y se llevó por delante a toda una generación de ciclistas. "El Tour siempre es importante. Lo demás, no está en mi mano", respondió Valverde cuando un periodista le inquirió por el comentario del alemán en la rueda de prensa que ofreció ayer junto a Pereiro y Eusebio Unzue, una antípoda de la que dio hace ahora un año, en Londres, ante un pelotón de fusilamiento verbal que le aguijonaba con una supuesta implicación en la Operación Puerto. Salió ileso de aquello, gracias a Unzue, quien limitó las preguntas al ámbito estrictamente deportivo. Ayer no hizo falta. Tampoco era necesaria la petición de Pereiro, implorando una tregua mediática: "Espero que sólo se hable de ciclismo, de la competición para enderezar el rumbo". Un periodista le espetó: "Eso está en vuestras manos". El gallego asintió entretenido en su papel de guardaespaldas de Valverde, dentro y fuera de la carretera. Él y los otros 179 ciclistas hablarán sobre el asfalto, estrecho, peligroso (más aún con las previsiones de tormenta, lluvia y rachas de viento de hasta 80 kilómetros por hora previstas para hoy) que conduce de Brest a Plumelec, a la cima del Cadaudal, la montaña mitológica del ciclismo bretón, del francés. En su cima logró El caimán ganar el prólogo de 1985 con cuatro segundos de ventaja sobre Eric Vanderaerden. Es por ello un lugar venerado, sagrado para los bretones, los habitantes de la tierra del ciclismo.

Los cinco Tours que arrancaron de Bretaña encumbraron a Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain

etapa 1: BREST-PLUMELEC (197,5 kms.)

brest. Una etapa rompepiernas, con continuas subidas y bajadas y con un sorprendente repecho final, lanzará la 95ª edición del Tour que, a diferencia de las anteriores, no comenzará con una jornada prólogo. La meta está situada en una subida de 1,7 kilómetros con una pendiente media del 6,2 por ciento ideal para corredores como Alejandro Valverde. > A. L.
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