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A propósito de la Cumbre del G8
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Nekane Altzelai
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Es costumbre que a principios de julio se celebre la Cumbre del G8 que reúne a los representantes de los estados más ricos e influyentes del planeta (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia) para analizar la situación política y económica mundial y aprobar una declaración final que recoja distintas medidas a adoptar.
En estos últimos años se ha hecho costumbre que dicha declaración final incluya, entre otros aspectos, acuerdos sobre el cambio climático, el desarrollo de África y el comercio internacional. Quizás porque año tras año incumplen sus propios compromisos están obligados a repetirlos. ¿Quién no reivindica destinar el 0,7% del PIB a la cooperación al desarrollo? Pues bien, aquella promesa de las cumbres del G8 de los años 80 ha sido sistemáticamente incumplida y hoy el porcentaje que estos ocho países destinan a cooperación al desarrollo no llega ni al 0,33% del PIB.
Por tanto, además de no compartir las reflexiones de estos jefes de Estado, permítanme que sea escéptica en relación al cumplimiento de los escasos compromisos asumidos en la convocatoria de este año.
Al igual que el año pasado, los países más ricos del mundo han anunciado su intención de trabajar conjuntamente con los 200 estados implicados en las negociaciones de la ONU contra el cambio climático a fin de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la mitad para el año 2050, pero sin concretar objetivos a medio plazo.
Habría cabido esperar una actitud más atrevida por parte de los países europeos del G8, puesto que en marzo de 2007 el Consejo Europeo acordó reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para el 2020 respecto a las de 1990. Habría cabido esperar por parte de Sarkozy, presidente de la Unión Europea, un mayor impulso a las políticas contra el cambio climático pero, sin embargo, no ha logrado mover a EE.UU. de su posición contraria a avanzar en la reducción del efecto invernadero. Además, sin entrar en mayores consideraciones reclaman la contribución de países emergentes como China, India, México y Brasil en esta lucha, eludiendo así su propia responsabilidad. Y no olvidemos que en el ranking de países emisores de gases de efecto invernadero EE.UU. está en primera posición y es, por lo tanto, uno de los mayores causantes del cambio climático.
Asimismo, los líderes del G8 han reiterado su compromiso de incrementar en 25.000 millones de dólares la ayuda a África. Desde el año 2005 vienen haciendo esta promesa y lo cierto es que, si bien el compromiso inicial era llegar a 50.000 millones para 2010, cuando sólo faltan dos años únicamente han entregado 14.000 de los 50.000 millones prometidos y, según las ONG, desde 2006 las ayudas van en descenso. Y no caen en la cuenta de que en África caben otro tipo de iniciativas: por ejemplo, rebajar los niveles de protección de la propiedad intelectual y facilitar el acceso a los medicamentos genéricos, lo que permitiría abaratar sustancialmente el precio de los tratamientos contra la malaria y el sida.
Los integrantes del G8 reivindican el libre comercio, las restricciones a las exportaciones de alimentos y la liberalización de la agricultura y, para argumentar sus posiciones, se escudan en la crisis alimentaria y dicen estar preocupados por la subida de los precios. En cambio, evitan analizar los movimientos especulativos de los grandes comerciantes y el desarrollo de los agrocombustibles como principales causas de esa inflación que supuestamente tanto les preocupa. Aunque, claro, tampoco debe extrañarnos porque eso sería tanto como pronunciarse contra sus propias políticas y tesis neoliberales.
En los últimos tiempos se ha producido un incremento en la demanda de cereales debido a diferentes razones, como el aumento de la población mundial, los cambios en los hábitos alimenticios en los países emergentes y la sustitución del petróleo por los biocombustibles. Ante esta serie de hechos el mercado financiero reacciona comprando más títulos de estos productos, incluso se llegan a comprar productos no existentes, productos futuros, de manera que en estos mercados se están vendiendo ya hoy cereales que se cosecharán en 2009, lo que contribuye a acelerar todavía más la subida de los precios y pone en peligro el derecho de millones de personas a la alimentación. De hecho, la cifra de hambrientos ha crecido en 50 millones de personas, como confirmó el director general de la FAO, Jaques Diouf, en una comparecencia reciente en el Parlamento Europeo. A la vista de todos estos elementos, si los ocho estados más ricos del planeta apuestan de verdad por hacer un bien a la humanidad, deberían empezar por restringir sus propias Cumbres del G8.
* Parlamentaria de Eusko Alkartasuna
La promesa de las cumbres del G8 de los años 80 ha quedado incumplida y la cooperación al desarrollo no llega ni al 0,33%
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El G8 evita analizar los movimientos especulativos de los grandes comerciantes y el desarrollo de los agrocombustibles |
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