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Carlos Sastre, Franck Schleck, Bernard Kohl y Denis Menchov durante la ascensión a la cima del Jausiers. Foto: efe |
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El tour se asfixia
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El ruso Denis Menchov se quedó rezagado en el descenso del Jausiers y cedió 35 segundos en la clasificación general.
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Alain Laiseka
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jausiers. En el tejado de Europa no hay nada. Literal. Un montón de piedras amontonadas y trizadas repartidas al azar que se tuestan al sol de julio, una placa de pizarra esculpida que resume su razón de ser y un bucle de brea que abraza la montaña sin sentido aparente. Es una carretera de ida y vuelta. Un paseo en círculo por las nubes, por un desierto alpino, que mandó abrir el emperador Napoleón III halla por el año 1861. En la cima de la Bonette-Restefond (2.802 metros de altitud, la ruta más alta del Viejo Continente) sólo disfruta la mirada, rayada por el límite, un decorado diseñado al detalle por la naturaleza que emula el paisaje lunar; y sufren los pulmones, y el corazón y los glóbulos rojos... Porque el aire es puro, pero pobre. Desoxigenado. Un lastre para el cuerpo humano, que se retrae, se resiente. Sufre. Se llama hipoxia. El corazón se acelera, los pulmones hiperventilan y los glóbulos rojos no dan abasto para transportar el poco oxígeno que reciben. El reflejo de ese ejercicio interno son bocas desencajadas, maillots abiertos hondeando, y gestos medidos, escasos, nulos, justos. No hay aire para moverse ágil, para arrancar, para demostraciones. Oxígeno racionado. A sorbitos. Ocurrió la última vez que el Tour de Francia se subió a su tejado, en 1993, cuando la carrera se desmembró sin mediar ataque. La altitud, que oprime, el asfalto, que ata y el calor, que muerde, se bastaron para seleccionar los cuerpos más fuertes, los más preparados. Los de Robert Millar, Miguel Indurain, Tony Rominger y Álvaro Mejía, sobre todo. Ayer el Tour recuperó esa sensación de ahogo sobre la cima del coloso, porque nadie del grupo de los favoritos se movió. Caminaron, todos menos Vande Velde, que se dejó sus opciones de podio, al ritmo que imprimió el CSC, que obtuvo, paradójico, su premio donde no lo esperaba, en el descenso hacia Jausiers, donde ganó en alegre avanzadilla Cyril Dessel y Menchov se dejó otros 35 segundos.
El CSC aprieta pero no ahoga. Su táctica en carrera es intachable. Pizarra mágica. La tiza la cogió en el autobús, en la salida de Cuneo, Carlos Sastre. Dibujó el camino. Dijo: "Hay que mandar a Voigt y Arvesen por delante, para que trabajen en el tramo intermedio de la Bonette". Riis, del que cuentan que sólo tiene oídos para las palabras sesudas, meditadas, del abulense, asintió con la cabeza. El alemán, un portento físico contrastado, y el noruego, un trabajador incansable, obedecieron. Formaban los dos parte del mosaico de fugados que marchó camino del terrible Col de La Lombarda, que coronó Stefan Schumacher, cabeza destacada de un reguero de cuerpos entre los que estaban los de Cunego, Chavanel, Zubeldia, Txurruka, Popovych, Dessel, Casar, Coyot o Arroyo, entre otros. Más atrás coronaban Egoi Martínez y Mikel Astarloza, buscando la sorpresa, y luego, al ritmo del CSC, el pelotón, que cedía en torno a los 10 minutos.
La Bonette no tiene rampas descomunales, pero mata en silencio, lentamente. Es sigilosamente cruel. Como el paso del CSC, abriendo camino primero con Cancellara, luego con Sorensen, más tarde con Arvesen (descolgado del grupo cabecero) y finalmente con Voigt. El grupo tras esas espaldas cambiantes se redujo a la intimidad de los hermanos Schleck, Sastre, Menchov, Evans, Valverde, Kohl, Kirchen y Samuel Sánchez. El oxígeno empezaba a escasear. Oro invisible. Sastre, necesitado, como Frank Schleck, de tiempo para administrar en la crono, se dirigió al líder del Tour. Algo le dijo, como ¿qué tal vas? Y luego simuló un ataque. Un amago. Como el de Valverde a cinco y medio para la cima, que hizo temblar a sus rivales. Fue un espejismo. El murciano replegó su ansia y volvió a la sombra del CSC. Como todos. Otra vez a ritmo. Sostenido. Administrando el oxígeno.
un africano en la luna La Bonette-Restefond tiene rostro amable, rampas sostenidas, hasta el último kilómetro, donde la brea se envilece para tocar el techo. 2.802 metros. Los holló John-Lee Augustyn, el sudafricano del Barloworld, antes de rozar la desgracia. Su dicha fue tan fugaz como angustioso su recto en el primer tramo de la bajada que le dejó en el barranco, del que fue rescatado por un motorista. Había perdido allí sus opciones de victoria que se quedó en una partida de mus entre Popovych, Dessel, Casar y Arroyo, destacados en el descenso mientras por detrás Andy Schleck trataba de hacer buena la táctica del CSC, que no era otra que atacar a tres de la cima. Nadie se movió. No había ni oxígeno ni gas. "El viento pegaba de cara", argumentaba Frank, el líder consciente de que habían perdido la oportunidad para distanciar a Menchov y Evans en la montaña. Al tejado del Tour llegaron todos juntos, menos Valverde, que pagaba las deudas de su tímida osadía coronando con siete segundos de retraso que recuperó en el descenso que dio al CSC el premio que no esperaba: 35 segundos con respecto a Menchov en la meta de Jausiers, donde antes había entrado ganador Cyril Dessel. |
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