La unidad alpina de la Cruz Roja de Bizkaia continuaba ayer en medio de la pesadilla atrapada por la conmoción y el dolor. El ambiente se hacía irrespirable por una tragedia tan brutal como imprevista que había arrancado la vida de Iban Ozamiz, el barranquista fallecido el pasado sábado en los Pirineos franceses, uno de los miembros más queridos del grupo. "Sentimos rabia e incredulidad", relataba uno de sus compañeros.
La peor parte se la llevan los integrantes de la expedición que presenciaron impotentes el fatal accidente y que todavía ayer arrastraban las secuelas del intenso impacto emocional. "Uno de ellos no puede articular tres palabras sin romper a llorar", reconocían apesadumbrados desde la base. Pese a ello, los compañeros se disponían a atrincherarse en el estoicismo para superar la tragedia. "Todos los que estamos aquí sabemos que estas cosas pueden pasar", repetían como una especie de conjuro.
No obstante, la pérdida del barranquista provocaba a sus compañeros un gran esfuerzo de contención para mantener el curso de la vida diaria. Por este motivo, sus compañeros han mantenido en pie la salida programada con Iban el próximo 8 de agosto al Elbrus ruso, el techo de Europa en la frontera con Georgia.
"Nuestra primera intención era anularla, pero todas las llamadas que hemos recibido han hecho que lo reconsideremos", señalan. Por este motivo, la ascensión de 5.462 metros se antoja como un homenaje póstumo de su cuadrilla montañera. Todos ellos acudirán hoy al funeral que se oficiará a las 19.00 horas en la iglesia de San Pedro de Mungia, la localidad natal del joven.
Iban ocupa los recuerdos de unos voluntarios que han hecho de la montaña un vínculo de amistad inseparable. Su semblante desenfadado y su particular gorro protagonizan gran parte de las instantáneas que acreditan las numerosas idas y venidas del grupo por todo tipo de cumbres. "No era ningún inexperto. Tenía muchas horas de vuelo", recalcaban al unísono.
Por este motivo, se rebelaban contra el cúmulo de circunstancias que precipitaron el desgraciado desenlace. A la crecida del cauce del barranco Valentín se le sumó la dificultad de su recorrido que le convierte en uno de los cañones más inaccesibles del Pirineo con una longitud de 1.000 metros y un desnivel de 100 metros. Iban quedó atrapado en medio de un gran remolino que le arrastró hacia una poza enredándole en sus propias cuerdas. "No había hecho ninguna cabezonada ni locura, estaba habituado a este tipo de recorridos", señalan.
La vida de Iban estaba intensamente ligada a la Cruz Roja desde 1992, cuando inició con 18 años su voluntariado en su servicio militar de Mungia, una de las fórmulas de la época para esquivar los rigores castrenses. Sin embargo, su incorporación a la unidad alpina se demoró hasta 2005 cuando su afición a la montaña le incitó a dejar el volante de la ambulancia.
De hecho, este mungiatarra encontraba en las cimas una forma de realizarse experimentando con toda clase de actividades deportivas. Así, Iban alternaba el alpinismo con el snowboard o la bicicleta de montaña. De hecho, su integración en la unidad estaba ligada, al igual que muchos de sus compañeros, a la pertenencia en la asociación Haitzulo Espeleo Taldea de Bilbao.
Su pasión le llevaba a asumir considerable cargas como una forma de ejercicio. Así, Iban no dudaba en participar en el dispositivo de prevención de las marchas kilométricas de montaña, lo que le obligaba a seguir la misma ruta a pie que los deportistas con el peso del botiquín.
Este entusiasmo, junto a su carácter extrovertido, le granjearon amistades a lo largo y ancho de todo el Pirineo.
"Hacía lo que fuera para quedar con sus amigos, ya fueran catalanes o aragoneses", recordaban. De hecho, destacan su espíritu abierto que le permitía iniciar una amistad sincera nada más conocer a una persona. "Era de los que si pasaba dos días contigo se convertía en un amigo para toda la vida", relataban. |