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17-11-2008
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Con una azarosa trayectoria a sus espaldas, ahora para Nico un parque de Sestao es lo más parecido a un hogar.
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En un parque de Sestao vive en una tienda de campaña desde hace dos años un hombre con un intenso pasado. Fue un delincuente habitual que trajo de cabeza a los Cuerpos de Seguridad del Estado. Ahora, infectado de sida, apura sus últimos días.
Texto: Aitor Alonso foto: J. Sampedro
Esta es la historia de un niño al que las malas influencias le condujeron por el camino de la delincuencia. De un adolescente que se hizo adulto encerrado tras unos barrotes y de un hombre que recorrió todo el Estado con la policía pisándole los talones. Esta es la intensa vida de Nicolás Pérez Melgosa, un ratero de Sestao que, a sus 53 años, apura sus últimos días consumido por el sida, en una tienda de campaña rodeada de basura en un parque de la localidad de Ezkerraldea.

Rebelde sin causa, Nico se apartó muy pronto del camino que siguieron otros chicos de su edad. Con sólo ocho años se enroló en una banda que cometía robos y hurtos por la comarca. Su pequeño tamaño resultaba ideal para colarse por todo tipo de huecos y así entraba con facilidad en pequeños talleres y cometía sus fechorías. Hasta que le trincaron y le mandaron al reformatorio de Amurrio.

Mal destino para un joven que se sublevaba contra todo tipo de disciplina. El férreo orden que imponían los curas pronto chocó con su carácter. "Si no obedecías, te pegaban con una vara de avellano". Es el recuerdo que guarda en su memoria de aquella época. Nico decidió que aquel no era lugar para él y se fugó, emprendiendo así una trayectoria marcada por la marginalidad.

Se marchó fuera de Euskadi en busca de un mundo nuevo para continuar dando palos. Su recurso más empleado fue el robo de los cepillos de las iglesias, repletos por aquella época del dinero de unos cristianos que acudían en masa a los templos. "Se abrían con mucha facilidad. Eran de madera y bastaba con darles un puñetazo", relata. Un botín fácil que generalmente reportaba buenas sumas de dinero. "Alguna vez conseguí llevarme cerca de 10.000 pesetas, que por aquella época era mucho", comenta risueño.

Pero la aventura pronto se convirtió en trágica pesadilla. Con 14 años fue apresado por la Guardia Civil en Cádiz y conducido a prisión. ¿La condena? "200 años de cárcel por republicano". Nico recuerda con amargura aquella época. "Yo sólo era un niño, no tenía edad para estar preso, pero me metieron en la cárcel de todos modos", repite en varias ocasiones. A pesar de su pubertad, le tocó sufrir el rigor de los penales franquistas. "Sufrí todo tipo de torturas, estuve jodido, pero ahora todo aquello no es más que malos recuerdos", comenta con entereza. Allí compartió celda con El Arropiero, el mayor asesino de la época. Autor de 48 muertes, era sin duda uno de los peores compañeros que le podía tocar, tanto es así que no duda en reconocer que "dormía con un ojo abierto por si las moscas".

En 1975, con la coronación de Juan Carlos I como rey, se promulgó un indulto que sacó de los penales a 8.900 presos. Nuestro protagonista no tuvo esa suerte. Su reacción no se hizo esperar. Se cortó las venas y con su propia sangre escribió una carta al monarca contando su caso. Aquella comunicación seguramente nunca llegó a sus manos, pero el caso es que Nico fue amnistiado en la siguiente tanda. Por fin libre, aunque por poco tiempo.

Lejos de apartarse de la mala vida y la marginalidad, continuó cometiendo robos. Llegó incluso a atracar la fábrica de Saimaza en Jeréz de la Frontera para llevarse medio millón de pesetas. "El dinero lo gastaba en vivir, comer y divertirme. También iba de putas, pero para dormir sin tener que enseñar la documentación en las pensiones", aclara un poco apurado.

Pronto volvió al talego, donde ha pasado 17 largos años de vida. Dice orgulloso que ha conocido la mayoría de las cárceles de España, aunque la que más le marcó fue el centro de psicopatías de Huesca, lugar al que fue trasladado después de que un médico le diagnosticara un cuadro de psicopatía, paranoias y esquizofrenia. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando recuerda aquel módulo y su garganta expulsa un ingrato quejido: "Aquello era un matadero de hombres vivos. Yo vi cómo los enfermeros mataban a gente que estaba viva".

Regresó a Sestao, donde el destino aún le tenía guardado un caramelo envenenado. Encontró el amor en una chica que se llamaba Juli, pero lo que no se podía imaginar es que ella le iba a introducir en el mundo de las drogas. Nico comenzó a consumir heroína, cocaína y otras mezclas. Al final, acabó contrayendo el sida.

Así, se convirtió en un yonki que cometía todo tipo de tropelías con tal de conseguir su dosis diaria. Si no, que se lo digan al farmacéutico al que pinchó con una navaja durante un atraco o a los comerciantes a los que amenazaba con quemar su local si no le pagaban su impuesto revolucionario. "Entraba con una garrafa de gasolina en una mano y en la otra un mechero y les decía: si no me das dinero te prendo fuego a la tienda", rememora. Lo que muchos no sabían es que el recipiente estaba vacío "porque no tenía dinero ni para gasolina".

Nico también se hizo famoso a comienzos de los 80 por escalar el Puente Colgante para reclamar un trabajo. Empleos tuvo, pero nunca le duraron mucho tiempo. Fue peón en la construcción, paragüero, carpintero y enterrador, pero él mismo reconoce que le tiraba más la vida de delincuente. De hecho, no hay policía en Sestao que no le conozca.

Dicen que su madre le echó de casa después de prender fuego al piso. Desde entonces, vive en un parque cobijado en una tienda de campaña tapada por plásticos que le ha dejado un amigo. La solidaridad de algunos comerciantes de la zona que le entregan comida permite que pueda alimentarse.
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