Iñigo Santos lleva once años pegado a una raqueta. "Mis padres me apuntaron a los seis años", explica. Entonces, como la mayoría de los niños, practicaba también el fútbol, pero el tenis pudo más. "Me empezó a gustar cada vez más y me decanté por el tenis", señala.
Esa afición, poco a poco, va camino de convertirse en un futuro profesional y, con las miras puestas en ello, trabaja duro para poder conseguirlo. Sabe perfectamente que lograr su objetivo será muy difícil. "Tienes que priorizar el tenis por encima de todo con el sacrificio de otras cosas" indica, y por eso cree que también es muy necesario tener "muchísima ilusión a pesar de los bajones anímicos cuando no consigues los resultados esperados".
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