
Casi seguro se asocia además a los recuerdos de lugares tan emblemáticos en la costa vizcaína como son el apiñado pueblo de Elantxobe y la magnífica playa de Laga.
Si Ogoño es el cabo, Atxurkulu es la cima de este promontorio de roca que lanza desde ocho metros por encima de los trescientos una muralla de vertical caliza sobre las rompientes olas del mar. Aquella punta que pica sobre la mar es Talaia, apelativo propio de los marinos vascos para esos lugares de mirada privilegiada, y este de hecho lo es de excepción. Aquel balcón tiene su camino y este también es encantador y amable, con repecho pero sin exigencia de esfuerzos notables. Hay que acercarse por Elantxobe o por Laga, pero antes o después hay que recorrer ambos lugares que son de visita obligada para tener completas sensaciones de este entorno.
La playa de Laga se abre cerca de los contrafuertes del Ogoño en su lado Oeste como un remanso de tranquilidad acariciado al tiempo por el sonido del mar y los vuelos y graznidos de las gaviotas.
En las paredes del Ogoño, frecuentemente escaladas por los deportistas de la roca viva, se asienta una importante colonia de aves marinas: gaviotas argénteas y reidoras, cormoranes, rapaces, etc. que lo convierten en un atractivo escenario natural que abriga también magníficas formaciones y cavidades rocosas sólo accesibles desde el mar.
A esta pequeña pero hermosa playa de Laga se va en verano y en invierno. En verano cuando las aguas son una provocación al calor del ambiente, y en invierno cuando el mar se hace impetuoso entre el viento y el oleaje de los temporales.
Desde la playa el perfil del Ogoño es majestuoso, abrupto y serio; tan serio como para abrigar en su costado, por el este, el pueblo marinero más típico y pintoresco de Bizkaia. Bajo esta mole de roca, abigarrado, trepando por sus laderas, Elantxobe ha querido quitar espacio a la montaña. Nacido en el siglo XVI como un barrio pesquero de Ibarrangelu fue creciendo movido por su auge marinero y en el siglo XVIII construyó su pequeño puerto de abrigo. En torno a él, las gentes se afanaban en la pesca, en la salazón y en los pequeños astilleros. Sus casas apiñadas y escalonadas, empotradas en las laderas del Ogoño están recorridas por calles y escaleras tortuosas de gran pendiente.
Desde Elantxobe nuestro objetivo es también la ascensión a la cumbre del Ogoño, acercándose a las gaviotas en sus altos vuelos y en una visión peculiar de la costa. Sólo hay que caminar media hora desde el pueblo pesquero, desde su mirador, donde arranca la Nagusi Kalea, que asciende rápidamente, zigzagueando, hasta el cementerio. De aquí, hay que tomar una pequeña pista primero hormigonada y luego de tierra que, junto a la pared, camina hasta lo alto de la loma, después a la derecha. Un poco más adelante confluyen otros dos caminos pero hay que seguir el mismo por el que caminábamos hasta situarse a la altura de un caserío modernizado al lado izquierdo. A esta altura se asciende por una zona herbosa a la derecha, plantada de roble americano, al encuentro de un sendero impreciso que se orienta enseguida hacia la zona rocosa de la cumbre. El itinerario en esta parte superior serpentea entre la vegetación de carrascas y madroños y buscando paso entre las rocas hasta la misma cima.
Elantxobe no llega a verse, pero sí la playa de Laga y toda la franja costera, tal como si fuéramos gaviotas en vuelo planeando en un constante juego con el viento. Abajo los casi siempre afanosos bañistas se convierten en puntitos diminutos sobre la arena cuando los vemos desde nuestro islote marino.
En nuestro derredor las gaviotas evolucionan ruidosas lanzando escaramuzas voladoras sobre las repisas de sus miradores predilectos llenando el espacio de sonidos de película de piratas.
Ogoño y Atxurkulu son todo esto.