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Soberbio en la contrarreloj que gana Tony Martin, Cadel arrolla a Andy Schleck y se convertirá hoy en los Campos Elíseos de París en el primer corredor australiano que gana el Tour de Francia
alain laiseka - Domingo, 24 de Julio de 2011 - Actualizado a las 05:53h
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El australiano Cadel Evans celebra en el podio de Grenobles su condición de campeón del Tour de Francia. (efe)
Vista:
1º Tony Martin (HTC) 55:33
2º Cadel Evans (BMC) a 7"
3º Alberto Contador (Saxo Bank) a 1:06"
GENERAL
1º Cadel Evans (BMC) 83h45:20
2º Andy Schleck (Leopard) a 1:34''
3º Franck Schleck (Leopard) a 2:30''
Etapa de hoy, 21ª: Créteril-París (Campos Elíseos), 95 kilómetros. ETB-1 (15.00 horas), Teledeporte (14.30) y Eurosport (13.00 horas).
grenoble. "Es ganar en lo que todo el mundo está interesado y es normal que solo los vencedores sean recordados". Lo dice Cadel Evans un día cualquiera de su vida, la ciclista, se entiende, que muchos dicen triste, que muchos cuentan lánguida, que muchos consideran olvidable, renunciable, sin la mística, el encanto y el glamour de las grandes vidas apasionantes de los campeones amarillos inmortalizados en París. Lo dice, en todo caso, un día anterior al día de ayer, tras una soberbia crono en Grenoble en la que arrolló a Andy Schleck, su rival en la montaña, títere deforme y descoronado en la contrarreloj. Hoy Evans, al fin, se sube al carro de los vencedores recordados.
Al dejar plantado a Poulidor, con el que ya había brindado con vino amargo dos segundos puestos frustrantes en el Tour -en 2007 derrotado por un chiquillo, un tal Contador; en 2008, por Sastre- Evans se sintió feliz y lo dijo así "feliz", o "happy", mejor dicho, que el ciclismo vuelve a hablar inglés después de cinco años de monólogo español -Pereiro, Sastre, Contador y olé-, y comenzó a agradecérselo con educación a todo aquel que debía algo, que dijo, eran muchos. Aldo Sassi, su preparador de siempre fallecido este mismo año. "Me hubiera gustado que estuviese aquí", lamentó muy comedido en el festejo. En las antípodas de las celebraciones caliente y latinas; en las antípodas del exhibicionismo yankee; en las antípodas, por supuesto, de… lo que sea que hace Voeckler cuando acaba la crono, resiste cuarto y disfruta y se deleita con un baño de masas del pueblo francés a un rey sin corona, tan intrépido sobre la bicicleta como irritante, los gestos, los gritos, los insultos, los aspavientos... En las antípodas de todo eso, Cadel, de amarillo en el podio, sonrió abiertamente y lanzó el ramo de flores al tumulto que le aplaudía, y eso ya fue mucho. Una sonrisa para recordar, por extraña, del ciclista que dicen triste.
Una sonrisa y unas lágrimas que bailaban en la pupila de su mirada azul. Lágrimas dulces, y no las saladas de otras veces. De cuando el año pasado sufrió en la Madeleine, de amarillo también, lo que no está escrito, lastimado el codo derecho, hundido ante la avalancha de frescura de Andy y Contador, Contador y Andy, los jóvenes fogosos y sanos que le vuelven a dejar tirado, en el olvido. De cuando creyó que se tragaría de un bocado a aquel chiquillo delgadito, un tal Contador, en la crono larga y llana que cerraba el Tour de 2007 y resultó que el mocoso resistió por un puñadito de segundos, apenas una veintena, 23. De cuando otro español, un año después, Sastre, un escalador intrépido y un contrarrelojista mediocre, le volvió a cerrar el paso hacia París. En ambas ocasiones salía Evans segundo en la última crono, en ambas se cantaba la remontada y en ninguna llegó a ocurrir.
Evans, desde el principio Quizás por eso, la incertidumbre de ayer. Andy salía en Grenoble con 57 segundos de ventaja sobre Evans y los expertos hablaban de un duelo cerradísimo, un epílogo de Tour ceñido, la historia de las diferencias mínimas, Lemond-Fignon, 8 segundos, o algo así. Todo muy subjetivo, basado en lo espiritual, las cosas de la mente, las alas del maillot amarillo, todo ese misticismo que inunda estos días trascendentales, porque lo demás, lo objetivo que era residual, a lo que nadie reparaba o no quería reparar, era una verdad aplastante y sin aristas, algo como para jugarse el piso, el coche, la bicicleta y el carné de socio del Athletic: Andy vuela en la montaña, es como Charly Gaúl, cierto, pero Evans le machaca en la crono, de 100 veces, 110. ¿Porque él es metódico y puntilloso y Andy dejado y pasota? Por lo que sea.
¿Por qué las dudas? El destino fatal del australiano, quizás. La indiferencia y seguridad de Andy, probablemente. Todo quedó reducido a nada en pocos kilómetros. Primero, fueron las impresiones. La de Andy, larguirucho y delgado, era una estampa poco armónica, nada aerodinámica, que dicen los entendidos. No había amor ni cariño, ni siquiera estima, en su relación con la bicicleta. Del pedaleo, ninguna conclusión. Unos que bien, muy ágil, buena señal; otros que nada de nada, pedaladas al aire que no mueven la bicicleta. Evans, en cambió, no admitía discusión. Iba abrazado a la bici con pasión, sin menearse, acoplado, serio, la pedalada dura. El reloj fue más explícito que todo esto: en el kilómetro 14 el australiano ya le había comido 36 segundos; en el 27,5, 1:42. En meta fueron 2:31.
Tercer segundo de Andy Así, sin la excitación de la estrechez, sabiéndose perdedor de nuevo, segundo por tercera vez, las mismas ya que Poulidor, menos todavía que Zoetemelk y Ullrich, cubrió Andy, efímero amarillo, un día nada más, los últimos kilómetros de la crono en los que dicen que le dio tiempo a repasar todo el Tour, dónde se le fue, dónde lo dejó ir. Quizás el día de Alpe d'Huez, cuando tardó en colaborar con Contador tras despegar a Evans en el Telegraphe. O en la indecisión, en la apuesta firme por uno, él o su hermano, desde el amanecer de la montaña en los Pirineos. A Frank se abrazó fuertemente cuando cruzó la meta. Nadie sabe si era un abrazo de pena o de alegría por firmar, 2º y 3º, el primer podio de unos hermanos en la historia del Tour. Con Andy, tan despreocupado que asusta, nunca se sabe.
"El Tour lo ganó el que lo tenía que ganar", dijo el campeón saliente, Contador, tercero en la crono tras el alemán Tony Martin y Evans, y quinto en la general. "Evans se lo merece claramente. No es espectacular, pero ha estado todo el Tour, desde el primer día, delante. Es lo que cuenta. Es un digno ganador". Y el español, un digno perdedor, el campeón que encuentra en la derrota el cariño, al fin, y eso, dice, le llena más que cualquier número sumatorio en su palmarés. De los Schleck prefiere no hablar cuando se le pregunta dónde perdieron el Tour, pero podría haber dicho, para poner palabras a la diferencia que indica hoy la general -1:34 de Evans a Andy-, que uno, el luxemburgués, fue más bello y sublime que nadie un día, el inolvidable del Izoard y el ataque a 60 kilómetros, mientras el otro, su sucesor, fue la coherencia diaria, la espera paciente, la constancia, que es el mejor camino para llegar a París.
Hasta allí llega hoy por tercera vez Samuel Sánchez, el líder de Euskaltel-Euskadi que se despidió del Tour, su mejor Tour, con una crono formidable, fue séptimo, y en lo primero que hizo pensar es que si esas mismas piernas hubiesen movido la cabra en la última crono del pasado Tour el sueño del podio no seguiría siendo una cosa pendiente para el equipo vasco. Ríe y relativiza las cosas Samuel cuando se lo cuentan. Ríe y se imagina que hoy llorará de nuevo, como en Pekín, como en Luz-Ardiden, cuando su nombre resuene por todas las esquinas de los Campos Elíseos en una llamada celestial para que suba al podio a ser coronado como a un rey, el rey de la montaña del Tour.
alain laiseka
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